Cada cuatro años te emocionás con el himno, te comprás una bandera y la sentís como propia, un rato, noventa minutos. Cada cuatro años sos capaz de lagrimear con un mensaje que habla de un equipo defendiendo los colores de tu patria, TU PATRIA y no “este país”. (Por Alejandro Ippolito, desde el semanario Café con Patria)

Cada cuatro años detenés tu marcha, contenés la respiración, te ponés nervioso como si esa fura tu batalla, como si fueras el número 12 dentro de la cancha, codo a codo con los otros, poniendo ganas, empujando, sintiéndote parte de un equipo.
Cada cuatro años la gente te parece distinta y no te da tanto asco ver un pibe humilde con una remera argentina y, en una de esas, si coinciden en un gol, hasta terminás dándole un abrazo. Sólo cada cuatro años.

Vas a pintarle una banderita argentina a tus hijos en la cara y te vas a reunir para hinchar por el país frente a la pantalla. La televisión mostrará periodistas, conductores, animadores, panelistas de todos los canales, con la camiseta puesta, la nuestra, la de todos, un milagro.
Cada cuatro años se deseará suerte, fortuna, se hablará pensando pero sintiendo también, vibrando con cada emoción que nos entregue nuestro equipo, con los ojos bien abiertos y el alma estrujada en cada córner. Explicaremos de nuevo la ley del off side con infinita paciencia y prepararemos la casa para la fiesta nacional de cada partido.

Sacaremos cuentas que nos sumen a todos, calcularemos las cosas que nos pueden llevar hacia la meta, desecharemos a los pájaros de mal agüero, los agoreros, los mufa, abrazados a las cábalas más ridículas con tal de que tengamos una alegría que nos abarque como país. Un sólo grito, en el mismo momento, de punta a punta, de este a oeste, en el momento exacto en que la pelota toca la red del adversario porque todos estábamos esperando lo mismo.

Cada cuatro años las empresas nos hacen moquear con propagandas emotivas, con mensajes que se nos clavan en el pecho como nunca, que nos alientan y hasta parece que ellas también están de nuestro lado.

Cada cuatro años soñamos con el gran festejo, el que nos reúna en la plaza sin otra bandera que la de la patria, sin otro canto que el himno nacional gritado hasta la afonía, dispuestos a saltar y abrazarnos con el que esté a nuestro lado, aunque no lo conozcamos, simplemente porque es el otro, porque es argentino, porque se alegra por lo mismo que nosotros.
Cada cuatro años no hay otro miedo que el gol en contra, no hay más inseguridad que una defensa floja, no hay más corrupción que un partido arreglado, no hay más problemas de dinero que quién compra las bebidas y quién pone el asado y no hay otra inflación que la del pecho cuando entra el equipo a la cancha.

Lástima que sólo sea cada cuatro años.

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