Creada por Silvina Cángaro y Gabriel Cagliolo, esta obra constituye un documento artístico e histórico fundamental que narra la odisea de los picapedreros en las sierras bonaerenses. A través de un guion riguroso y un dibujo de alto vuelo, la obra rescata del olvido las luchas anarquistas, la vida inmigrante y la identidad de una clase trabajadora que cimentó a través de sus adoquines las calles de Buenos Aires, aunque los porteños lo ignoren, exigiendo su revalorización en el canon cultural argentino.

Esta novela gráfica fue publicada semanalmente en la revista «Tiempos tandilenses» de esa ciudad, y aunque en su momento fue declarada «de interés escolar», con el tiempo se perdió y solamente fue posible su rescate gracias a la digitalización a partir de los fasciculos publicados en «Tiempos Tandilenses» que estuvo a cargo de Esteban Vicente y Luciano Di Salvo de IGEHCS. Posteriormente la saga se reeditó semanalmente hasta completar las 144 planchas en una página de Facebook.

La portada de la primera entrega: La digitalización a partir de los fasciculos publicados en «Tiempos Tandilenses» estuvo a cargo de Esteban Vicente y Luciano Di Salvo de IGEHCS

A principios del nuevo milenio, específicamente en junio de 2000, comenzó a circular en las calles de Tandil una obra singular que merece ser redescubierta por la cultura nacional: «La Mano y la Piedra». Publicada originalmente como un suplemento coleccionable del semanario Tiempos Tandilenses, esta novela gráfica es el fruto de la colaboración entre la guionista Silvina Cángaro y el dibujante Gabriel Cagliolo. La obra no es solo una ficción entretenida, sino un «retrato de raíces» que levanta un acta de fe sobre hechos verídicos ocurridos a principios del siglo XX, narrando la vida de los canteristas con una calidad artística que trasciende el ámbito local.

La trama se estructura a través de la llegada de la familia Marhonic —inmigrantes montenegrinos—, quienes arriban a Argentina escapando de la pobreza europea para instalarse en las canteras de Cerro Leones y La Movediza. A través de los ojos de personajes como Bunda, Nada y sus hijos, la historieta reconstruye la experiencia del desarraigo y la dura adaptación a un entorno donde la esperanza se mezclaba con la nostalgia. Este hilo conductor permite a los autores humanizar la historia macroscópica, mostrando cómo miles de personas llegaron al país entre 1890 y 1910 para trabajar la piedra y construir su futuro en un paisaje serrano que les era ajeno pero prometedor.

El valor histórico de «La Mano y la Piedra» reside en su sólida documentación, basada fundamentalmente en las investigaciones del escritor e historiador Hugo Nario, autor del libro Los Picapedreros. La novela gráfica no solo ilustra anécdotas, sino que documenta con precisión el sistema de explotación de la época, donde el pago se realizaba en «plecas» (vales o fichas de metal) válidas únicamente en la proveeduría del patrón, y las condiciones de seguridad eran prácticamente inexistentes. Nario mismo reconoció este trabajo como una «carrera de postas», donde los autores tomaron el testimonio histórico para encender una nueva «fogata» con el lenguaje de la ilustración.

Uno de los pilares de la obra es la representación de la agitación política y gremial que convirtió a Tandil en un foco de resistencia obrera. El relato detalla las tensiones ideológicas entre anarquistas, socialistas y sindicalistas, y la conformación de la Unión Obrera de las Canteras en 1906 bajo el liderazgo de figuras como Luis Nelli y Roberto Pascucci. Se narran hitos fundamentales como la «Huelga Grande» de 1908-1909 y la trágica represión de 1911 tras la muerte del coronel Falcón, sucesos que demostraron que la acción solidaria generaba un poder de cambio real frente a la intransigencia patronal y la represión policial.

La novela gráfica también realiza un rescate imprescindible del rol de la mujer en estas luchas, a menudo invisibilizado en los relatos oficiales. Cángaro y Cagliolo retratan a «mujeres bravías» como Liduvina Núñez y Antonia García, quienes lucharon a la par de los hombres. Un punto culminante es la representación de la muerte de Ernesta Mosca, la primera mujer mártir en la historia de las canteras, fallecida tras enfrentarse a los rompehuelgas que llegaban en tren desde Buenos Aires, un hecho que subraya el coraje de quienes defendían la dignidad de sus familias con el cuerpo.

Desde el punto de vista estético, el trabajo de Gabriel Cagliolo —formado en la escuela de grandes maestros como Alberto Saichann y con experiencia en la industria internacional— dota a la obra de una jerarquía visual notable. Sus dibujos en blanco y negro, con el uso de aguadas y un trazo que captura tanto la dureza del granito como la expresividad de los rostros curtidos, logran una atmósfera inmersiva. La composición de las viñetas no solo acompaña el guion, sino que potencia el dramatismo de momentos clave, como los accidentes laborales o los enfrentamientos armados, convirtiendo cada página en una pieza de arte que documenta la «magia de la artesanía» de los picapedreros.

Una plancha de la historia tal como fue publicada originalmente
y su posterior readecuación a color con los espacios reservados para las viñetas

A menudo imaginamos a los picapedreros como hombres de fuerza bruta, pero eran, en realidad, intelectuales de la piedra. En la década de 1920, la «Agrupación Anarquista Aurora Libertaria» no solo editaba el periódico La Verdad (que llegaba incluso a bibliotecas de Ámsterdam), sino que fundó una comuna en lo que hoy conocemos como el Cerro de la Comuna.

En esas viviendas de piedra, entre jornadas agotadoras, se leía a Bakunin y Malatesta. Tenían grupos de teatro, bibliotecas y una vida social vibrante. El punto máximo de esta fraternidad eran los picnics en el Manantial de los Amores, donde más de 1.000 personas se reunían para compartir música, política y el sueño de una sociedad sin amos. No eran parias; eran hombres organizados que entendían que la cultura era tan necesaria como el pan.

El rescate de la memoria de los picapedreros, contexto histórico vital que sustenta la narrativa de «La Mano y la Piedra», se ha institucionalizado recientemente a través del proyecto de extensión «Historia desde abajo y memoria social», impulsado por el Observatorio Social de la UNICEN en colaboración con el sindicato AOMA.

Este esfuerzo de recuperación colectiva, que involucra tanto a estudiantes de historia como a vecinos de la comunidad, se ha abocado al relevamiento y sistematización del archivo sindical —que incluye actas y registros desde 1911— con el objetivo explícito de crear un repositorio digital abierto al público que preserve la identidad y las luchas de estos trabajadores.

En lo que respecta específicamente a la novela gráfica, su digitalización constituye una puesta en valor de las 146 páginas creadas por Silvina Cángaro y Gabriel Cagliolo, las cuales fueron publicadas originalmente en blanco y negro con grisados de aguada como suplemento periodístico.

Este proceso de rescate virtual ha permitido que el material, que incluye versiones a color y bocetos sobre fotocopias, sea compartido en espacios digitales, facilitando así la difusión de estos hechos verídicos del anarquismo y anarcosindicalismo tandilense en nuevas plataformas accesibles para la comunidad.

La última plancha de la historia

El relato no elude el declive de esta épica industrial, acompañando a sus personajes hasta la década de 1930, cuando el adoquín comenzó a ser reemplazado por el asfalto y el hormigón, y la mecanización desplazó al oficio manual. La caída de la Piedra Movediza en 1912 se presenta como un presagio simbólico del fin de una era, un misterio desvanecido que marcó el espíritu de la ciudad. El relato lleva a un «presente» en el que esas luchas germinaron en un tiempo reservado a la historia de los pueblos.

La obra muestra cómo la desocupación y los cambios tecnológicos, sumados al contexto político de la «Década Infame», terminaron por disolver aquel mundo de solidaridad gremial y trabajo artesanal. El asfalto reemplazó a los adoquines y una industria y un oficio quedaron en el olvido.

Los agradecimientos en el cierre de la publicación original

«La Mano y la Piedra» es mucho más que una historieta local; es un testimonio vital de la «historia desde abajo» que la cultura argentina debería rescatar y reeditar para las nuevas generaciones. Al igual que los adoquines tandilenses que aún pavimentan las calles de Buenos Aires, esta obra sostiene la memoria de quienes construyeron el país con sus manos.

Rescatar esta novela gráfica es un deber para evitar el el olvido, recuperar la memoria de las luchas locales y para reconocer que, en la fusión del arte y la historia, reside la clave para comprender nuestra propia identidad nacional.

La historieta completa está disponible en esta página de Facebook

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