En el marco de una clase pública coordinada por el docente Agustín Mestralet, la sobreviviente Araceli Gutiérrez detalló las condiciones de detención y el accionar represivo en Olavarría durante la última dictadura militar.
La actividad se desarrolló en la Unión de Jubilados de Olavarría, bajo la consigna «Memoria, Verdad y Justicia», y funcionó como un espacio de transmisión pedagógica y política. Ante una audiencia compuesta mayoritariamente por jóvenes, trabajadores y personas de la tercera edad, el docente Agustín Mestralet introdujo la charla subrayando la importancia de reconstruir la historia local del terrorismo de Estado.
El evento estuvo enmarcado en las actividades de visibilización por el 24 de marzo, utilizando la memoria como una herramienta de análisis del presente y fue organizado por la Dirección General de Cultura y Educación (DGCyE) Región 25, la ESCUELA N 702 «AMERICA», Escuela Primaria de Jóvenes y Adultos N 715 «Paulo Freire» y la Jefatura Distrital de Educación.

Araceli Gutiérrez inició su alocución describiendo el escenario de su cautiverio en Monte Pelloni, un predio ubicado en las sierras de Olavarría que funcionó bajo la órbita del Regimiento de Caballería de Tanques 2. Lejos de un relato emocional, Gutiérrez se centró en la arquitectura del horror: la disposición de los espacios, la rutina del aislamiento y la vigilancia jerarquizada. Explicó cómo la ubicación geográfica del centro permitía una operatividad silenciosa pero conocida por la estructura de mando local, señalando que “en un lugar tan chico como este, nada de lo que ocurría en el monte era ajeno a las autoridades militares y policiales”.
Un matiz fundamental del testimonio fue la descripción del proceso de despersonalización al que eran sometidos los detenidos. Gutiérrez relató cómo el uso de vendas y la sustitución de nombres por códigos numéricos formaban parte de un protocolo destinado a quebrar la resistencia psíquica de los secuestrados. No obstante, destacó que, frente a ese intento de anulación, surgían formas mínimas de solidaridad y reconocimiento entre los cautivos. “A pesar de que querían que dejáramos de ser personas, el solo hecho de escuchar la respiración o un susurro del que estaba al lado nos mantenía amarrados a la realidad”, señaló con precisión.

La charla también abordó la participación de sectores civiles y la estructura de inteligencia que precedía a las detenciones. Gutiérrez y Mestralet coincidieron en que el objetivo de la represión en Olavarría estuvo fuertemente vinculado a la desarticulación de la organización obrera y estudiantil de la época. En este sentido, la militante remarcó que su paso por Monte Pelloni fue la consecuencia directa de una militancia que buscaba transformar las estructuras de poder. “No estábamos ahí por error; estábamos ahí porque nuestras ideas resultaban peligrosas para el modelo que querían imponer por la fuerza”, sentenció la oradora.
Gutiérrez analizó el impacto del silencio social que rodeó a los centros clandestinos durante años. Explicó que la impunidad no solo se construyó con la falta de juicios, sino con el tejido de complicidades cotidianas que permitieron que lugares de tortura funcionaran a pocos kilómetros del centro urbano. Para la sobreviviente, el valor del testimonio actual radica en romper esa inercia histórica. “La justicia no es solo una sentencia en un papel, es que la sociedad pueda mirar de frente lo que pasó en esos lugares sin dar vuelta la cara”, afirmó ante la audiencia.

El diálogo con los asistentes permitió profundizar en la vigencia de los derechos humanos y la importancia de la educación pública como espacio de resguardo de la memoria colectiva. Mestralet enfatizó que estas clases públicas buscan retirar el velo de «historia lejana» a los sucesos de la dictadura para entenderlos como parte constitutiva de la identidad local.
Gutiérrez, por su parte, evitó el lugar común de la victimización para posicionarse como una actora política cuya voz es una herramienta de prueba judicial. “Mi testimonio es un documento; hablo porque otros no pueden hacerlo y porque la verdad es un derecho de todos”, puntualizó.
El encuentro concluyó con un repaso por el estado actual de las causas de lesa humanidad en la región y el rol de los sitios de memoria. La exposición de Araceli Gutiérrez no buscó el impacto anímico, sino la claridad documental sobre un periodo que aún proyecta sombras sobre las instituciones democráticas.
Al cierre, Mestralet reafirmó la importancia de estos espacios de intercambio directo, señalando que la transmisión de la experiencia es el único reaseguro frente al avance de discursos que pretenden relativizar el terrorismo de Estado.
Nota realizada con reporteo humano y asistencia de IA


